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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

4 de julio de 2021

Ciclo B: Mc 6, 1-6

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R

Actualmente vivimos en un mundo super-comunicado. Si no estamos en las redes no existimos. Allí nos conocen demasiado por los datos que vamos dejando, directa o indirectamente, sobre la familia, los gustos, los lugares en que vivimos o que visitamos, los estudios que hacemos, las amistades que tenemos…

De alguna manera, los medios nos hacen su propiedad. La información es poder. Tanto es así que F.B., Twitter y otras empresas venden a poderosos pulpos comerciales nuestros datos de usuarios. ¿Y para qué si no tenemos el poder de los políticos o de los famosos? Sencillamente, para tratar de pescarnos con la propaganda comercial “de acuerdo a nuestros gustos” que ingenuamente les hemos proporcionado.

También los habitantes de Nazaret, los paisanos de Jesús, sabían mucho de sus años de infancia y juventud. Conocían a sus padres, sus parientes, su oficio… Por eso creían tener sobre él alguna razón de pertenencia. Si en lugares ajenos había llamado la atención por los signos extraordinarios que hacía, mayores motivos tenían ellos para que los realizara en su tierra.

Jesús se dio cuenta de que la simpatía de sus paisanos por él sólo era fruto de su idea nacionalista, superficial y egoísta. No le escuchaban como voz del Padre que los llamaba a ser “nuevas criaturas”, hombres nuevos, hijos de Dios al modo de él, el Hijo de Dios.

Benedicto XVI, el papa emérito, se preguntaba un domingo de Ramos cómo se explicaba que los tantos que aclamaron a Jesucristo en su entrada en Jerusalén, el viernes santo gritaban ante Pilato: “!Crucifícale! !Crucifícale!” Y se respondía: Es que ellos esperaban de él una cosa y Él les ofrecía otra.  Ellos esperaban de él que echara a los romanos de su tierra y les diera gratis alimento y salud; y El esperaba de ellos que “buscaran el alimento que dura y les da vida eterna” (Jn 6,27)

Nosotros podemos caer en la misma tentación. Como sabemos bastantes cosas de él, como le rezamos y le visitamos en el templo, besamos sus imágenes y hasta algunos lo llaman cariñosamente (¿?)  “Chuchito”, “Negrito querido”… creemos tener una cierta propiedad sobre él. Alguien dice que los sacristanes son los más ateos por rosarse tanto con “Dios”, el de casa. Quizá también los curas y ministros de la iglesia. Y los devotos de tal o cual advocación. “La manipulación de Dios sigue siendo la gran tentación de los cristianos”.          

Y, por otra parte, al leer los evangelios con mucho afán utilitarista, propio de nuestra cultura materialista actual, tenemos el riesgo de ver a Jesucristo como objeto de espectacularidad y de utilidad material. Así queremos lograr a cambio de la devoción, cosas materiales, curarnos de los males sin gastar en médicos y medicinas, en realidad caras y dudosas, conseguir empleo y dinero… Como le rezamos y le tenemos devoción y hacemos algunas “mandas”… de seguro que lo tenemos de nuestro lado, “Nos lo hemos ganado”,   Así, como los nazaretanos, nos cerramos el don de Dios que nos ofrece Jesús. Lo aceptamos de verdad, sin segundas intenciones, si acogemos con un corazón bien dispuesto la buena noticia del amor del Padre que nos quiere dar, y si damos testimonio de ser sus discípulos, no sus dueños, mediante la honestidad de vida, la caridad, la entrega al servicio de los demás y la participación en el sufrimiento y suerte de los pobres.