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III Domingo de Adviento

Comentario social

12 de diciembre de 2021

Ciclo C: Lc. 3, 10 – 18

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

El tercer domingo de Adviento también se llama Gaudete, palabra latina que significa “regocijarse”. Este nombre proviene de la antífona de entrada a la misa dominical, que también se repite en la segunda lectura de hoy de la carta de San Pablo a los Filipenses. Algunas personas celebran este domingo encendiendo una vela rosada en lugar de una púrpura en su corona de Adviento. Es un recordatorio de que este tiempo es de gozo porque nuestra salvación ya está cerca.

La Palabra de Dios en este domingo nos exhorta a vivir con alegría la espera. Es la alegría de verse perdonados, y de saber que Dios está en medio de su pueblo, salvando. La verdadera alegría, nace de la conversión progresiva y serena del corazón, lo que refuerza la esperanza haciéndola auténtica. ¿Qué debemos hacer para ser mejores? Ser caritativos para que vacíos de nosotros mismos, Dios encuentre espacio en nuestras vidas para encarnase en ellas por la fe que el Bautismo y el Espíritu Santos nos entregan como don y responsabilidad que asumir cuando asumimos el ser cristianos. 

Por ello el Papa emérito Benedicto XVI afirmaba “El Adviento nos recuerda una y otra vez que Dios no ha salido del mundo, no está ausente, no nos ha abandonado, sino que viene a nosotros de diferentes maneras, que debemos aprender a discernir. Y también nosotros, con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados todos los días a reconocer y dar testimonio de esta presencia, en un mundo a menudo superficial y distraído, a hacer brillar en nuestra vida la luz que iluminaba la cueva de Belén” (Benedicto XVI, Audiencia General, 12 de diciembre de 2012).

La alegría no brota de las posesiones ni de los éxitos. Requiere siempre esa paz   del corazón que sigue a la conversión.  El evangelio nos dice que esa conversión es lo que exige Juan el Bautista a todos los que se acercan a escucharle a las orillas del Jordán. Con todo, la conversión no puede confundirse con un sentimiento íntimo y pasajero. En el texto evangélico que hoy se proclama (Lc 3,10-18), Juan Bautista la resume en tres actitudes concretas, que pueden aplicarse también a todos nosotros: 

  • Compartir los vestidos y los alimentos con quienes no los tengan. Esta actitud positiva subraya el valor de eso que hace posible la vida y que protege la dignidad de la persona.
  • No exigir a los otros más de lo establecido. Este veto, aparentemente negativo, trata de proteger el respeto a la justicia y de hacer posible la armonía en la comunidad.
  • No hacer extorsión a nadie. Esta prohibición condena la altanería de los prepotentes que van por el mundo humillando y explotando a los humildes y marginados.

Sin embargo, la actividad del Bautista, generó muchos interrogantes, un gran movimiento religioso, hasta hacerse la pregunta: ¿No será Juan el Mesías? En ciertos ambientes se presentaba a Juan como el enviado de Dios (cfr. Jn.1, 6-8.15.19). Su existencia se orienta hacia la vida de Jesús; sus historias de la infancia así lo declaran, relación establecida por Dios. Si Juan es grande, Jesús es el mayor, Juan es profeta y prepara el camino, pero Jesús es el Hijo de Dios y el que desde el trono de David reina para siempre. Jesús es el más fuerte (v.16).

Finalmente, acoger la venida del Señor requiere ampliar el abanico de nuestros compromisos, para con Dios y para con los demás. Invita a cultivar, con hondura, nuestra interioridad, siendo más gratuitos en los espacios de oración. Respecto a las personas, ser más sensibles, poniéndonos en su lugar y siendo solidarios, particularmente, con las más desfavorecidos. Si nosotros acogemos este llamado a la justicia y la solidaridad, no sólo viviremos en un mundo más amable, sino que también nos sentiremos en paz y viviremos alegres.