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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

4 de julio de 2021

Ciclo B: Mc 6, 1-6

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R

Las lecturas de hoy presentan a Jesús como profeta y explican cómo algunos mensajeros de Dios inevitablemente sufren rechazo. Cada una de las lecturas de la liturgia dominical desafían la propensión humana a etiquetar y limitar e invita a los creyentes a comenzar a mirar a Dios, al mundo y a las demás personas con una mirada más atenta y un corazón más receptivo.

La primera lectura (Ez. 2, 2-5), tomada del libro del profeta Ezequiel, nos habla de su vocación profética. Dios advierte a Ezequiel que está siendo enviado a israelitas obstinados y rebeldes en el exilio en Babilonia. Por lo tanto, como auténtico profeta, tendrá que enfrentar el rechazo y la persecución por dar el mensaje de Dios. Ezequiel, experimenta su condición humana ante la trascendencia divina. De ahí que escuche la segunda revelación de ser “Hijo de Hombre” (v.1), para el pueblo que escuche o no al hombre Ezequiel, sino al hombre poseído por el espíritu de Dios, que lo levanta, lo penetra y lo hace hablar en nombre de Yahvé.

En la segunda lectura (2Cor. 12,7-10), San Pablo nos da la misma advertencia de su experiencia de que no sólo los profetas, sino también los apóstoles y misioneros, tendrán que encontrar dificultades y rechazo en su misión de predicación. Pablo confiesa que Dios le ha dado una parte del sufrimiento de Cristo – una enfermedad crónica que le causa dolor, una “espina en la carne” – para que pueda confiar en la gracia de Dios y gloriarse en el poder de un Dios que fortalece. Pablo nos invita a elevarnos por encima de nuestra propia debilidad y discapacidad, cooperar con la gracia de Dios de predicar la Buena Nueva.

El evangelio nos presenta la visita de Jesús a Nazaret su pueblo (Mc. 6,1-6); estamos en el comienzo de su misión profética en la sinagoga de su ciudad. Esta será la única visita que registra el evangelio. Regresa como rabí reconocido, acompañado de sus discípulos, va a la sinagoga como buen judío el sábado. El jefe de la sinagoga confía a Jesús, el comentario de la Torá, para conocer su doctrina, como maestro. Su discurso debió ser muy original, ya que suscitó preguntas, cinco, en concreto, algunas se podían responder, otras quedan en suspenso (vv.2-3). ¿De dónde le venía todo ese conocimiento, esa sabiduría? No había asistido a la escuela en Nazaret, porque en el pueblo no había, tampoco había asistido a Jerusalén con los grandes maestros de la Ley. La sabiduría, es un don de Dios, que lleva al que la posee a palpar la verdad de las cosas en su toda su pureza. Es saborear y gustar de la verdad, que alcanza a toda la persona, inteligencia y corazón.

Los milagros que son mencionados, realizados en Cafarnaún, aumentan el misterio sobre la persona de Jesús entre los oyentes. Los otros interrogantes (v.3), se refieren a lo que las gentes de Nazaret saben acerca de Jesús: que era carpintero, conocen a su María, su Madre, y a otros familiares. Su conocimiento de Jesús, les impide tener ahora una experiencia de Jesús, no les permite preguntarse más a fondo acerca de su compatriota. Se produce un curioso cambio en la audiencia, puesto que se pasa de la admiración por su saber, a la desconfianza manifiesta en la falta de fe, en sus palabras y en su Persona (vv. 4-6). La cerrazón no los dispone a acoger la novedad del Evangelio; lo acogieron como a uno más que está siendo importante, luego de un período de ausencia. Nada más.

El dicho de Jesús. “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”, confirma que los que están más cerca de una persona, no están dispuestos a cambiar de opinión, prisioneros quizá de sus conocimientos. Faltaba lo fundamental, la fe en Jesús, lo que no daba espacio al milagro. De ahí que limite sus acciones a imponer las manos a algunos enfermos y sanarlos (v.5). Podemos decir que fue un mal comienzo para Jesús, pero aprendió la lección respecto a las dificultades que encontrará más adelante en su predicación.

Finalmente, el anuncio y testimonio del Evangelio, es labor de todo creyente bautizado, que debe tener en cuenta lo siguiente:

  1. Afrontemos el rechazo con valentía profética y optimismo.
  2. Necesitamos manejar el rechazo con el espíritu correcto.
  3. Reconozcamos en los nuevos rostros proféticos de la actualidad la bondad de Dios.
  4. Mantener nuestros valores y convicciones firmes frente a las contradicciones de nuestra sociedad.
  5. No debemos permanecer en silencio ante el mal por miedo a ser considerados “políticamente incorrectos”.