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XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

12 de septiembre de 2021

Ciclo B: Mc. 8, 27 – 35

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

En el Evangelio de hoy, Jesús pide a los discípulos un informe de campo preguntando lo que otros dicen de él. Luego dirige la pregunta directamente a los discípulos y les pregunta qué creen. Pedro habla por todos ellos cuando anuncia que creen que Jesús es el Cristo. La palabra Cristo es la traducción griega de la palabra hebrea para Mesías, que significa “el ungido”. En la época de Jesús, la imagen del Mesías estaba cargada de expectativas populares, la mayoría de las cuales buscaban un líder político que liberara al pueblo judío de la ocupación romana. Jesús no parece haber usado este término para sí mismo. Como vemos en la lectura de hoy, Jesús se refiere a sí mismo como el Hijo del Hombre, un término derivado de las Escrituras judías, que se encuentra en el Libro de Daniel y en otros escritos religiosos.

Ahora que los discípulos han reconocido a Jesús como el Cristo, Jesús les confía el resultado de su ministerio: será rechazado, deberá sufrir y morir, y resucitará después de tres días. El siervo sufriente de Isaías es identificado por los primeros cristianos en la persona de Jesús. No obstante, Pedro rechaza esta predicción, y Jesús lo reprende severamente. La imagen de Cristo que Jesús está dando no es la imagen del Mesías que Pedro estaba esperando. El caso de Pedro hoy es un ejemplo típico de cómo una persona puede oponerse a la voluntad de Dios. Jesús no quiere decir que Pedro fuera un demonio, pero reprendió la voz que hablaba a través de él.

Podemos pasar fácilmente por alto el temor que las palabras de Jesús deben haber evocado en sus discípulos. La muerte por crucifixión era demasiado familiar como método de ejecución en los territorios ocupados por los romanos. También era un peligro omnipresente para la comunidad cristiana para la que Marcos escribió. El camino que Jesús estaba invitando a sus discípulos a compartir significaba un tremendo sufrimiento y muerte. Este es el tipo de compromiso y sacrificio radical que Jesús nos llama a adoptar por el bien del Evangelio.

Inspirados por la carta de Santiago, el cristianismo práctico significa fe en acción. Significa aceptar llevar nuestra cruz humilde y pacientemente mientras confiamos en la misma gracia que ayudó a Cristo. Es al cargar su cruz y morir en ella que Cristo demostró su amor práctico, caridad, generosidad y fe en acción por nosotros. Entonces, él quiere que nosotros hagamos lo mismo. Por eso nos dice hoy: “Si alguien quiere ser mi seguidor… que cargue su cruz y me siga… Cualquiera que quiera salvar su vida la perderá; pero cualquiera que pierda su vida por el bien del evangelio la salvará”. La buena noticia es que nuestras cruces no durarán para siempre, sino que definitivamente terminarán en triunfo.

Finalmente, como discípulos de Jesucristo estamos invitados a descubrir su presencia en los signos de nuestra historia, en el rostro de los hermanos, en la celebración comunitaria de la fe. Asumir la cruz, no es simplemente una aceptación masoquista del sufrimiento sino el compromiso de transformar la sociedad de acuerdo a los valores del evangelio. Las exigencias del Señor no son pesadas, somos nosotros que nos cuesta desprendernos de nuestra indiferencia.