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Solemnidad de la Asunción de María

Comentario dominical

15 de agosto de 2021

Lc 1, 39 – 56

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

Hoy como Iglesia celebramos un misterio de fe, que para algunos es lejano, pero desde la experiencia de la esperanza se constituye cercano. La fiesta de la Asunción de la Virgen María nos anuncia, una vez más, que la Resurrección de Jesús nos afecta a todos los creyentes. La victoria de Jesús es nuestra victoria. La Vida que se nos regala está por encima de la muerte, que ha sido definitivamente vencida. María es la primera en ser llevada, siguiendo los pasos del Maestro, al encuentro del Padre y a la plenitud del Reino de Dios. También nosotros un día, por la misericordia de Dios, como ella llegaremos a esa meta.

La religiosidad popular ha relacionado la primera lectura desde una experiencia mariana. Sin embargo, la exégesis bíblica expone un criterio eclesiológico y escatológico de este pasaje del Apocalipsis: la mujer y el dragón, representan la vida y la muerte. Tenemos enfrentadas la gracia y el pecado, mientras la primera aparece como vida, sin embargo, débil y frágil; el monstruo, la muerte parece como poderosa, pero ya derrotada. Vence la vida, por lo tanto, se abre una dimensión de esperanza. Juan quiere invertir los criterios imperantes en su tiempo: el impero no es divino, sino sinónimo de pecado; sus emperadores no son dioses, sino cabeza de una estructura opresora (cfr. Ap.17). La mujer, ya no representa ninguna de las divinidades adoradas en el Imperio romano, sino el Pueblo de Dios, del cual nace Jesús, el Mesías. Con esta descripción el apóstol Juan, crea una nueva conciencia y praxis histórica, convirtiendo el poder, como algo contrario al evangelio, sólo la voluntad de Dios lleva al hombre, si la acoge y guarda, al gozo eterno del Reino de Dios.

En la segunda lectura, Pablo, expone la muerte y resurrección de Cristo en esta clave pascual, evocando ahora la auténtica liberación, del pecado y la muerte, llevada por Cristo a la humanidad caída (1Cor. 5 y 7). Una forma de querer plasmar esta realidad el apóstol, nos propone la metáfora del nuevo Adán, el primero arrastró la humanidad a la muerte, en cambio, Jesucristo, segundo Adán, conduce a los suyos a la resurrección. Si Cristo, es la primicia de los que resucitan, luego le corresponde a los que le pertenecen por la fe y el bautismo, los que son de Cristo en su parusía. Pero entre la Resurrección de Cristo y su regreso, está la historia de la salvación en su lucha contra las potencias del mal. “Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte.” (v. 25). Pablo insiste en esta realidad corporal, terrestre y cósmica, como efecto de la resurrección de Cristo y el final de la historia humana en Él. La victoria sobre la muerte, que se manifiesta en la resurrección de Jesucristo, se hace realidad hoy, en María.

Para San Lucas, María ha creído a la palabra de Dios, su disponibilidad humana de ser Madre, es asumida en la fecundidad de Dios, y el Verbo, hace su ingreso en la familia humana. El Magnificat o cántico de María, es más que una síntesis de textos del Antiguo Testamento, es el vértice de la teología bíblica, porque con su proclamación se enseña que se están cumpliendo cada una de las promesas hechas a los patriarcas y profetas. María representa ese cúmulo de fe cumplida, pero puesta la mira de su cumplimiento definitivo, en Jesucristo, el Hijo de María. Es Jesús quien comunica la salvación a los hombres, inaugura el Reino de Dios, con su presencia y mensaje evangélico, hasta guiarlos a la plenitud escatológica, lo que el antiguo Israel buscó desde siglos. Las palabras y citas veterotestamentarias proclamadas por María la sitúan en la plenitud de los tiempos, cima de la revelación del misterio salvífico, en que los hombres descubrirán las vías de encuentro con Jesucristo.

Finalmente, todo el orden social humano cambia, porque Dios ha bajado de lo alto, se ha abajado en su Hijo, para levantar a los pequeños y convertirlos en hijos muy amados. Desde esta perspectiva el hombre descubre que Dios es su única riqueza, porque vacíos de sí mismos, se presentan como pobres de espíritu. Dios se acordó de su misericordia con Israel su pueblo, para quienes caminen por sus sendas y reciben el perdón salvador que comparten, considerándose ricos en experiencia de Dios. Este cántico, es finalmente es un himno a la gloria de Dios, en la que María, la Madre de Jesús, ha sido colmada. Ha sido glorificada por haber creído, donde el Espíritu Santo ha hecho maravillas en Ella, por esta razón la proclamarán bienaventurada todas las generaciones de cristianos hasta poderla contemplarla junto a su Hijo. La Iglesia en María, ya llegó a su meta, y como Ella, todos los cristianos, alcanzarán la unión con Dios.