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III Domingo de Cuaresma

Comentario social

20 de marzo de 2022

Ciclo CLc 13, 1 – 9

Por: P. Jesús Alberto Franco G., C.Ss.R.

El pecado, una realidad muy tergiversada por los cristianos

El primer paso para la conversión, para caminar hacia la pascua, es reconocer que existe un pecado. Y que el pecado daña, degrada y mata a los seres humanos y a la naturaleza. El pecado destruye la obra de Dios: el universo, la tierra y los seres humanos. Es el opositor, el “enemigo” del reino de Dios, realizado y acercado a la historia humana y concreta por la vida, la predicación y las acciones de Jesús el Cristo.

La iglesia reconoce que existe el pecado personal: realizado por la persona y el cual se daña y hace daño a los demás; el pecado social: que daña y degrada la sociedad: corrupción, violencia social y política, doble moral, manipulación de los medios de comunicación, guerras, degradación de la política, irrespeto a la vida humana en todas las formas y edades…; el pecado ecológico: daño, degradación y destrucción el planeta, de la tierra de diversas formas: contaminación de las fuentes de agua, ríos, mares y el aire, la destrucción de bosques, biosistemas y miles de especiales…; el pecado estructural: es la estructuración de la sociedad sobre fundamentos que, continuamente, producen o reproducen el pecado social, ecológico y personal. El actual sistema económico del mundo es pecaminoso porque tienen como valores reinantes el dinero, la acumulación, el lucro y el poder por encima de la vida humana y del planeta.

Una dificultad para la conversión a Jesucristo es la “espiritualización” del pecado, que lo desliga de la palabra de Dios, lo separa de la teología y la moral oficial de la Iglesia y su magisterio, lo desconecta la realidad humana, social y ambiental, y poco se refiere al reino de Dios. Esto lo vemos en libros, folletos y listas de pecados que circulan entre cristianos católicos, que colocan como pecado “hechos” que no están en los catecismos oficiales de la Iglesia, ni en la moral oficial de la Iglesia, ni en la biblia. Pero estos “pecados” roban tiempo, energías y pensamientos que deberían destinarse al seguimiento de Jesucristo. Lo más delicado: vemos como grandes pecados cosas muy pequeñas y silenciamos pecados muy graves.

Otra dificultad para la conversión es la autosuficiencia cristiana, autosuficiencia que lleva a las personas a sentirse mejores, superiores y más buenos que los “otros”: los ateos, agnósticos y alejados de prácticas religiosas…

Tres ejemplos:

  1. Hay personas muy angustiadas porque tienen pensamientos sexuales (que no llevan a la práctica) o porque se distraen en la oración, con esto no le hacen daño a nadie, pero no se angustian por ser racistas, injustas económicamente, por discriminar…  
  2. El domingo pasado fui a votar, y varias personas, al lado del puesto de votación, me entregaron propaganda política con los números en el tarjetón de candidatos a la cámara y al senado. Cuando le pregunté a una persona si el candidato por el que me pedía el voto era honesto y recomendable, me dijo que sí porque estaba en contra del aborto. Ese candidato al senado es un corrupto comprobado por diversos medios.
  3. Conozco cristianos muy críticos contra la corrupción, la manipulación de los medios de comunicación y la pérdida de los valores tradicionales del cristianismo, pero hacen su crítica con información falsa contra de los enemigos políticos, los medios de información crítica y contra el Papa Francisco.  

Mucha gente buena y bien intencionada cae en la trampa de dejarse “orientar” por gente que dice en público una cosa sobre temas sensibles e importantes, pero hacen en privado lo contrario. No se dan cuenta de que es esa doble moral y esas prácticas corruptas son las que tienen en crisis al país.   

Es necesario que el cristianismo recupere el concepto bíblico del pecado relacionado con la Alianza, el Éxodo y la Pascua, y sobre todo con el reino de Dios: vida abundante, libertad, dignidad y superación del hambre, la miseria y toda esclavitud de los seres humanos y de la creación.

Un contexto para comprender la cuaresma y la pascua

Las Sagradas Escrituras giran en torno al Éxodo (la liberación del pueblo de la esclavitud en Egipto) y a la Pascua (el paso de la esclavitud a la libertad en la tierra prometida) que revelan el actuar y la identidad del Dios en quien creemos. El centro del Antiguo Testamento es el éxodo, que tiene como introducción la promesa a Abraham y su descendencia de una tierra. Moisés realiza la promesa sacando al pueblo de la tierra de la esclavitud en Egipto y llevándolo a la tierra prometida y trasmitiendo los mandatos para que el pueblo viva en hermanda y justicia, esto es lo que nos cuentan los libros del Pentateuco. Los Jueces, Reyes y libros “históricos” narran la tensión del pueblo que vive entre el cumplimiento e incumplimiento, la fidelidad e infidelidad a la alianza. Los libros sapienciales, poéticos, ejemplares y los salmos buscan que pueblo viva, celebre y piense su relación con Dios en la vida diaria. los Profetas, mayores y menores, denuncian las opresiones, las prácticas religiosas en medio de injusticias y la justificación de poderes abusivos en nombre de Dios. El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el nuevo Moisés, que realiza el Éxodo y la liberación definitiva y celebra la nueva Pascua a la que convoca al nuevo Pueblo de Dios, conformado por todos los pueblos de la tierra.

Unas enseñanzas bíblicas

La lectura del Éxodo cuenta cómo Dios se reveló, se manifestó y se dio a conocer a Moisés cuando pastoreaba las ovejas de su suegro: su trabajo cotidiano; la curiosidad lo llevó a ver “este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza” y al lugar sagrado. Dios se presentó como el Dios de tus padres”, dos veces afirmando que era “el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (v.6 y 15), y una tercera diciendo que era “el Dios de sus padres” (v.13) que enviaba a Moisés a liberar al pueblo, en el medio del hecho en el que reveló su identidad como el Dios que observa la opresión del pueblo en Egipto, que oye el clamor contra los opresores, que conoce sus sufrimientos, que baja para liberarlos del poder de Egipto, para llevar al pueblo a una tierra fértil y espaciosa; que envía a Moisés a liberar al pueblo”. Con estas tres afirmaciones la identidad de Dios quedaba definida. 

El pecado en el Éxodo es la opresión, la esclavitud y los sufrimientos que el poder opresor de Egipto le propinaba al pueblo; es reproducir en la tierra prometida las esclavitudes vividas en Egipto. 

 En el Éxodo, Dios manifiesta que quiere que el pueblo lo reconozca actuando para liberarlo de las esclavitudes históricas; liberación que realiza por medio de los seres humanos: “yo te envío”; acompañando a Moisés en el cumplimiento de su misión. La señal que Moisés es enviado por Dios es que “cuando saque al pueblo de Egipto, me darán culto en esta montaña” (v.12). Liberar al pueblo de la esclavitud es la prueba de ser “el Dios de los padres”, y el culto que Dios quiere es el culto de los seres humanos libres. Por estas razones, el Dios de los padres es diferente a los dioses de los pueblos vecinos. Muy diferente a la comprensión de Dios que tienen muchos cristianos. 

El Salmo que escuchamos afirma la identidad de Dios, como el que “hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel”.

Escuchamos que san Pablo invita a los cristianos de Corinto a no ignorar lo que el pueblo vivió en su travesía por el mar y por el desierto, en su camino hacia la tierra prometida, la tierra de la libertad. Y hace una interpretación y aplicación particular del Éxodo y la Pascua: “todos se bautizaron (sumergieron) en la nube y en el mar para unirse a Moisés, y comieron la misma comida espiritual y bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía, roca que es Cristo”. Aquí el Éxodo ilumina el camino de los cristianos en sus nuevos desiertos hacia la nueva tierra prometida: el reino de Dios.  

Aquí el pecado es la ignorancia que lleva al pueblo a alejarse del Dios de los padres, a esclavizar y oprimir a sus hermanos y a reproducir la esclavitud vivida en Egipto. Y las consecuencias son “quedar tendidos en el desierto”, no llegar a la libertad, por eso es necesario evitar “codiciar el mal como lo hicieron ellos”.

El evangelio habla de pecado y conversión. La ocasión es que “algunos” le contaron lo que había pasado con unos galileos. Jesús responde preguntado: “¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?, o los aplastados por la torre de Siloé: “¿Piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?, y luego amenaza: “si no se convirtieren, todos perecerán lo mismo”, “si no se convierten, todos perecerán de la misma manera”. Parece que los interlocutores de Jesús se creían mejores que los galileos, despreciados por los judíos piadosos. Con la amenaza de perecer de la misma manera, Jesús les quita la seguridad que los hacía sentirse superiores, seguros y confiados. Este era su pecado.

En la parábola de la higuera, por falta de frutos el dueño de la viña manda que la “corten”. Pero el viñador (Jesús) pide para la viña una nueva oportunidad: “dejarla un año más”, y se compromete cultivarla: “voy a cavar alrededor y echarle estiércol”.

Esta parábola permite comparar al dueño de la viña con los cristianos que se consideran “los buenos” (que somos más) y sienten que tienen derecho a cortar, acabar con los que ellos consideran malos: indios, negros, delincuentes y viciosos pobres (porque si son ricos no piden lo mismo), mujeres que abortan, ateos, guerrilleros (ordinariamente no dicen lo mismo de los paramilitares), comunistas, homosexuales, prostitutas…

Esta actitud es contradictoria con lo que pide y manda Jesús. Es pecado.  

Revisemos si a través de los años, sin darnos cuenta, hemos asumido actitudes parecidas que contradicen nuestra fe en el Señor Jesús. Tomar conciencia, darnos cuenta de lo que tenemos en el fondo del corazón y del alma, muchas veces sin querer y sin saber, es el primer paso para cambiar.