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Solemnidad de la Asunción de María

Comentario social

15 de agosto de 2021

Lc 1, 39 – 56

Por: P. Alberto Franco Giraldo, C.Ss.R.

Un mensaje de la solemnidad de la Asunción

La primera lectura del Apocalipsis habla de “apariciones” y de “signos o señales” en el cielo. Los signos y apariciones son “realidades” que dicen “algo” de una realidad más allá de sí mismas y que dan un mensaje religioso. Para “descubrir” el mensaje de un texto de la Biblia para su tiempo y para el nuestro, es necesario analizarlo, con la ayuda del Espíritu Santo porque la Biblia es Palabra de Dios escrita en lenguaje humano, como lo que dijo Concilio Vaticano II (los concilios son la máxima autoridad de la Iglesia, en Dei Verbum 11). Debemos empezar con preguntas como siguientes: ¿cuál es la “Palabra Dios” y cuales son las palabras humanas en el texto leído?, ¿Cuál es el mensaje que Dios envió a su pueblo, el mensaje que el pueblo comprendió? ¿qué mensaje comunica el escritor “sagrado” con el lenguaje, las narraciones y las formas literarias que tenía en su tiempo? Para los autores “sagrados” lo más importante era el mensaje en “nombre” de Dios, más que su historicidad, aunque utilizaran hechos históricos o relatos en forma de historia. Para este día, empecemos preguntándonos: ¿cuál es el mensaje que las apariciones, signos o señales nos traen?

El siguiente ejemplo facilita entendernos: imagine que está en la terraza o corredor de la casa, conversando, de frente a una amiga. En un momento, ella interrumpe la conversación y señala con el dedo índice hacia el horizonte, que está a su espalda y exclama: ¡qué maravilla de atardecer, que hermosura de montañas! Si no se da la vuelta y mira hacia donde ella señala con el dedo, no verá la maravilla que ella ve, solo verá su dedo y su cara. El dedo es el signo, la señal que indica hacia donde mirar. Si se da la vuelta contemplará la realidad del horizonte. El atardecer y las montañas son como la “aparición” en el cielo que revela -señala- la belleza, las maravillas de Dios. El lenguaje humano es el dedo que señala hacia el horizonte, hacia la historia humana en la que Dios “habla” y se revela, buscando que sus hijos e hijas, vivan mejor, más dignamente y en armonía con la creación y la humanidad

¿Qué pueden decirnos las palabras en la Solemnidad de la Asunción al cielo de María la Madre Dios? Aunque nos somos incapaces de abordad todo su significado, las palabras muestran el horizonte: asunción, significa ascender, subir o escalar. Con subir o ascender expresamos logros, triunfos o avances importantes en lo personal, familiar, laboral, relacional o espiritual. Subir es expresión de crecimiento humano y espiritual.  El cielo es la parte más alta de la atmosfera, el cielo azul o estrellado nos maravillan. En la actualidad y a diferencia del tiempo de Biblia, sabemos que tierra es redonda, que en lo redondo no hay un arriba o un abajo, que la tierra es un pequeño planeta que gira alrededor del sol, que el sol es un punto en la vía láctea y que la vía láctea es un punto en el universo, por lo tanto, poco realista hablar de arriba o abajo. Sin embargo, un sentido que entendemos cuando hablamos del arriba, de subir y del cielo. Es importante recordar que María de Nazaret, la Madre de Jesús dejó que la Palabra de Dios se hiciera realidad en ella, hizo posible que Dios se hiciera ser humano, dijo a la gente que hiciera lo que Jesús dijera, acompañó a su Hijo hasta la muerte en la cruz, estuvo con los discípulos después de su muerte y experimentó su resurrección. Ella es el ser humano que ha llegado más alto (a los cielos), que más ha subido o ascendido (Dios la ascendió) en la relación con Dios y por eso es modelo para la humanidad.  

Una reflexión con las lecturas del día

Dios se hace presente y “habla” en lo sencillo, lo pequeño, lo humilde y lo gratuito, y así confronta el poder, la arrogancia, la prepotencia, la ambición y el dominio sobre los seres humanos y la naturaleza, que son la raíz de todos los males de la humanidad, desde la antigüedad hasta hoy.  

El relato Apocalipsis presenta una lucha sangrienta y desproporcionada: de un lado, está el “gran dragón rojo de siete cabezas que con su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arroja sobre la tierra”. El dragón es el Impero Romano y todos sus poderes: el del conocimiento, el militar, el económico, el religioso (el emperador era adorado como dios) que llegaba a todo el mundo conocido. Con el poder militar somete los pueblos y se apoderaba de sus riquezas para el lujo extravagante de la Roma Imperial. Este todopoderoso imperio estaba acabando, devorando las pequeñas comunidades cristianas, quería borrar de la tierra el nombre Jesús, el Resucitado. De otro lado, está una mujer en encinta que grita con dolores de parto y en el tormento de dar a luz”. La mujer representa la iglesia, las pequeñas comunidades cristianas que experimentaban a Jesús resucitado, que perdieron el miedro a confesar su nombre y que se reunían en sus casas y en las catacumbas. Estas mujeres “daban luz” y hacían realidad el reino de Dios en medio en la persecución y la muerte.

El dragón no puede devorar el hijo de la mujer al nacer porque huye al desierto, son las nuevas comunidades cristianas, que sobrevivían, se multiplicaban y expandían a pesar de la brutal persecución. El texto muestra la metodología de Dios para enfrentar los imperios militares y económico: encarnarse en todas las víctimas del poder militar y económico y actuar desde el “no poder” con la “no violencia”. La mujer, que en esa época era símbolo de la debilidad, la insignificancia, la impotencia y la exclusión enfrenta y al todopoderoso, grande y criminal imperio romano, que la puede derrotar. 

El Apocalipsis se escribió para dar esperanza a los cristianos perseguidos y utilizó el simbólico y religioso género literario apocalíptico para que si los romanos lo leían, no lo entendieran y pensaran que eran cosas sin importancia histórica, cosas de una religión extraña, mientras los cristianos se reconocían en el niño que el dragón no pudo devorar y al hablar del desierto reconocían a Jesús como el nuevo Moisés que estaba enfrentando al Imperio, y que como Moisés en el pasado liberó al pueblo del poder del faraón de Egipto ahora,  con Jesús liberador y resucitado vencerían al imperio romano.