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III Domingo de Pascua

Comentario dominical

18 de abril de 2021

Por: P. Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

Ciclo B: Lc. 24, 35-48

El texto evangélico que nos propone la liturgia de la Iglesia católica para el III Domingo del tiempo pascual pertenece a los relatos de apariciones del Señor Jesús resucitado. «El primer día de la semana» no sólo resucita, sino que, también, camina con dos discípulos hacia Emaús; y, posteriormente, se aparece a los Once en Jerusalén. Estaban encerrados por miedo a los judíos y comentando lo que les sucedió a dos de ellos, camino de Emaús. Es un encuentro que tiene algunos elementos para tener en cuenta: 

El saludo inicial: ‘Shalom’, «La paz esté con ustedes». Es el saludo típico judío. Sin embargo, en esta ocasión tiene un significado particular: es una invitación nueva a la amistad. No olvidemos lo que sucedió en la noche de la pasión, en Getsemaní. Los discípulos lo abandonaron. Un discípulo lo traicionó, y Pedro, el que había prometido ir con él hasta la muerte, negó conocerlo. ¡Con amigos así, para qué enemigos!, dice la gente. A la hora de la verdad, los Doce demostraron ser muy malos amigos. Sin embargo, el Señor Jesús resucitado los vuelve a invitar a la amistad. Les da una segunda oportunidad. Tal vez ahora no fallen. Y no le volvieron a fallar. La mayoría de ellos irán hasta el martirio por ser fieles al Maestro y Señor de sus vidas.

Las dudas de estar viendo un fantasma. Es una reacción humana normal. ¿Qué pensaríamos también nosotros al ver una persona que murió hace poco tiempo? De ahí sus dudas. Es más, es hasta posible que esa fuera la opinión de los enemigos de la resurrección. Según el parecer de ellos, los discípulos simplemente estaban viendo visiones. Por eso se mencionan dos elementos a favor de que sí es el mismo Jesús, pero resucitado: las marcas de la pasión, y la invitación a tocarlo y a compartir el alimento material.

El Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Es decir, hay una relación estrecha. El Resucitado lleva en su cuerpo las marcas de la pasión: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo» (24,39). Así sucederá también con nosotros. Nuestro cuerpo resucitado recuperará nuestra experiencia histórica; de lo contrario, será muy difícil reconocernos.

Los otros dos elementos son más discutibles y generan dudas: ¿Es posible tocar a un Resucitado? En el texto que acabamos de escuchar, es el mismo Resucitado quien ofrece esa posibilidad: «Tóquenme». En el evangelio de san Juan, es María Magdalena quien toma la iniciativa, pero Jesús no se lo permite: «Déjame, que todavía no he subido al Padre» (20,17). Tocar a un Resucitado nos parece simplemente imposible. En el caso de Jesús, resucitar significa entrar en la misma dimensión de Dios y, por más que queramos o él quiera, nuestros ojos no lo pueden ver y nuestras manos ya no lo pueden tocar. Esa es la triste realidad.   

Otro elemento discutible y que genera dudas, es el siguiente: ¿Es posible que un resucitado todavía necesite alimento terreno? Así lo menciona el texto que estamos comentando. A menos que busquemos atenuar el significado del texto y digamos: ‘El Señor Jesús hizo como que comía en presencia de ellos’; es decir, hizo el ademán, pero en realidad no comió nada. La pregunta que permanece en el ambiente es: ¿Por qué ese realismo en los relatos de apariciones? Es probable que, ante las acusaciones de que los discípulos estaban viendo visiones, los escritores sagrados acentuaran las tintas sobre su presencia real. A nosotros hoy nos puede parecer inconcebible y hasta innecesario, pero en el momento en que se escribió el texto tal vez no. 

 –El misterio pascual como un hecho anunciado previamente. El Resucitado les dice a sus discípulos que todo lo que sucedió al final de su vida “estaba escrito”. Por tanto, no hay sorpresas. Es una interpretación que aparece en el Nuevo Testamento sobre la muerte de Jesús: todo estaba enmarcado en un plan divino de salvación. No hay lugar para sorpresas o para hechos y desenlaces sin sentido. Todo estaba fríamente calculado. Jesús, de alguna manera, viene a cumplir con un guion que Dios Padre había escrito previamente.

Dicen los expertos que así leyeron el Antiguo Testamento en las comunidades cristianas después de la muerte del Maestro. Buscaron textos que tuvieran alguna relación con la vida de Jesús, especialmente con el desenlace de su vida. Así aparecieron los textos del Siervo sufriente de Isaías, del justo perseguido de Jeremías, etc. Es, ciertamente, una lectura artificiosa; pero está a la base de los relatos de la pasión.  

Tal vez, a nosotros no nos guste esta visión determinista de la vida y de la historia humana. Por eso, centramos nuestra atención, más bien, en la relación que hay entre pasión/muerte y resurrección. Para terminar, al final, diciendo: así como Jesús tuvo que pasar por su pasión/muerte para entrar en su gloria, también nosotros tenemos que esforzarnos para compartir su triunfo, su victoria. Lo que tiene valor, cuesta. «El que quiera celeste, que le cueste», dice el adagio popular.

A modo de conclusión, digamos lo siguiente: la resurrección del Señor Jesús es un hecho que nos sobrepasa, que está más allá de la historia. Es un hecho meta-histórico, dicen los expertos. Sin embargo, sus efectos se perciben en la historia humana. Sucedió con los discípulos y sucede también con nosotros hoy. Dejémonos afectar por esos efectos, sobre todo con los que tienen que ver con nuestra conversión. Que ese sea nuestro mejor testimonio de que el Señor Jesús está vivo y resucitado. Así mismo, la resurrección del Señor Jesús es un hecho tan novedoso que nuestro lenguaje es muy limitado para describirlo. Los textos que nos hablan de la tumba vacía, los relatos de apariciones o los testimonios que muestran la conversión de los discípulos, son los medios que encontraron los primeros cristianos para hablarnos de algo tan maravilloso y trascendente para la historia humana. Nosotros tendremos también que encontrar lenguajes adecuadas a la mentalidad actual para comunicar este acontecimiento que nos abre a la esperanza de una vida nueva y nos anticipa el triunfo sobre el pecado del mundo y la muerte temporal del ser humano.