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III Domingo de Cuaresma

Comentario dominical

20 de marzo de 2022

Ciclo CLc 13, 1 – 9

Por: P. José Rafael Prada Ramírez, C.Ss.R.

Al comienzo del Evangelio de este domingo Jesús nos hace ver que las personas que mueren por violencia del estado o por accidentes de la naturaleza, no son necsariamente pecadores. El pecado exige responsabilidad y libertad personales. Que acontecimientos como la muerte de varios galileos a manos de las tropas de Poncio Pilaro, o las vìctimas de la caída de la torre de Siloé, no son consecuencia de pecados personales. Pero, y esto sí es responsabilidad propia, si no nos convertimos al Evangelio y seguimos anclados en nuestra vida de pecado, injusticia y desamor, pereceremos en nuestro pecado.

Y a renglón seguido, cuenta la breve parábola de la higuera estéril que ocupaba espacio en balde, pero no producía frutos. Y ante la intención del dueño de arrancarla y echarla fuera, el viñador (Jesús) pide dejarla un poco más para cavar a su alrededor, echarle abono y agua, a ver si da fruto. Es la paciencia y amor misericordiosos del Señor.

Aplicando el relato a nuestras vidas, realmente muchos cristianos nos hemos convertido en “higueras estériles” que ocupan un lugar y gastan un alimento, pero no producimos frutos de amor, justicia y bondad. El mundo consumista y capitalista de hoy nos ha amansado y reducido a muchos cristianos a una vida mediocre y estéril, sin ideales radicales de amor, justicia, verdad y bondad. Nos hemos instalado en una “cultura de la intrascendencia”. Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos da placer, la felicidad con el bienestar. Así, en el fondo, vivimos una vida de insatisfacción y vacío, y tratamos de convencernos a nosotros mismos que eso nos basta y nos tiene contentos, sin esforzarnos a un amor creativo y a una entrega generosa.

Vivimos, entonces, una “vida burguesa” que nos ha convencido que criar un hijo, o formar una familia, o cuidar de nuestros apodres ancianos, o ayudar a los emigrantes, o acompañar a una persona enferma, es “perder el tiempo”, “desaprovechar la vida”; en otras palabras, no es la religión que practicamos la que transforma la sociedad, sino ésta, aburguesada, la que transforma nuestra vida religiosa y nos incita a creer en el adagio popular que afirma: “el que reza y peca, empata”.

Desde la mirada del Evangelio de Jesús, las cosas no son así. Es verdad que Él es humilde y misericordioso, pero también lo es que nos da infinitas oportunidades de conversión y de cambio; y debemos aprocharlas, pues el verdaero espíritu evangélico no es de conservación y pereza, sino de cambio, bondad y nueva vida.

Por eso no basta criticar e indignarnos ante los políticos, los potentados, los ricos, los capitalistas, sino que debemos ponernos nosotros mismos la pregunta: “¿Somos higuera estéril?”, “¿En qué nos comprometemos para cambiar el mundo en más justo e igualitario?”, “¿Nuestra fe es opio que adormece al pueblo, o entusiasmo y alegría al servicio a los demás?”.

De la respuesta a estos interrogantes depende nuestro ingreso al Reino de Dios, a la invitación del Señor: “Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino de los Cielos, porque tuve hambre…” (Mt.25).

¡Seamos higuera, pero que produzca buenos frutos!