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VI Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

13 de febrero de 2022

Ciclo C: Lc. 6, 17.20 – 26

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

Una característica del ser humano es la búsqueda de la felicidad. A lo largo de la historia se han explorado diversos caminos tratando de encontrarla. Diversas experiencias humanas y religiosas pretenden ofrece los medios para lograrla. Ordinariamente se centra la felicidad en el poder, el saber, el tener y el placer. Especialmente en el mundo de globalización y comunicación, la felicidad de ofrecer como algo que depende de un producto que hay que adquirir; de unas circunstancias: viajes, fiestas, lugares que, desde luego dependen del poder adquisitivo de las personas. Y, sin embargo, infaliblemente, la mayoría de las veces lo único que queda es un vacío existencial. Es tal la desilusión que muchas veces conduce al suicidio.

La lectura del evangelio de hoy es el comienzo de lo que a menudo se llama el Sermón de la Montaña. Encontramos un paralelo con este pasaje en Mateo 5:1-7,11. Como sugieren estos títulos, existen diferencias y similitudes entre estas lecturas del evangelio.

Cuando se habla desde la cima de la montaña en el Evangelio de Mateo, no podemos perder la impresión de que Jesús está hablando con la autoridad y la voz de Dios. La cima de la montaña es un símbolo de cercanía a Dios. Los que suben al monte ven a Dios y hablan por Dios; recuerda la historia de Moisés y los Diez Mandamientos. Cuando Lucas presenta la ubicación de la enseñanza de Jesús, Jesús enseña en terreno llano, junto a los discípulos y la multitud. Lucas presenta la autoridad de Jesús bajo una luz diferente. Él es Dios entre nosotros.

Otra distinción que se encuentra en la versión de Lucas es la audiencia. En el evangelio De acuerdo con este estilo, las Bienaventuranzas del Evangelio de Lucas suenan más personales que las del Evangelio de Mateo: La comunidad lucana usa el artículo “ustedes” mientras que Mateo usa “ellos” o “aquellos”. También hay una diferencia en el número: Mateo describe ocho bienaventuranzas; Lucas presenta solo cuatro, cada uno de los cuales tiene una advertencia paralela.

La forma de las Bienaventuranzas que se encuentran en el Evangelio de Lucas y Mateo no es exclusiva de Jesús. Las bienaventuranzas se encuentran en el Antiguo Testamento, como en los Salmos y en la literatura sapiencial. Son una forma de enseñar acerca de quién hallará el favor de Dios. La palabra bienaventurado en este contexto podría traducirse como “feliz”, “afortunado” o “favorecido”.

Mientras escuchamos este Evangelio, las Bienaventuranzas sacuden nuestra sensibilidad. Los pobres, los hambrientos, los que lloran o los perseguidos son llamados bienaventurados. Este es, de hecho, un evangelio de inversiones. Aquellos que a menudo se piensa que han sido olvidados por Dios son llamados bienaventurados. En la lista de “ayes”, aquellos a quienes ordinariamente podríamos describir como bendecidos por Dios son advertidos sobre su peligro. Riquezas, posesiones, risas, reputación. . . estas no son cosas de las que podamos depender como fuentes de felicidad eterna. No solo no cumplen su promesa; nuestra confianza indebida en ellos conducirá a nuestra desaparición. El mayor peligro está en identificar erróneamente la fuente de nuestra felicidad eterna.

Las Bienaventuranzas se describen a menudo como un marco para la vida cristiana. Nuestra vocación como cristianos no es ser los primeros en este mundo, sino ser los primeros a los ojos de Dios. Estamos desafiados a examinar nuestra situación actual en el contexto de nuestro último horizonte, el Reino de Dios. Con un corazón pobre, que se apoya en la bondad y fidelidad de Dios y es solidario con el prójimo, experimentaremos que la felicidad que Cristo nos ofrece es una realidad en nuestra vida de cada día.