image_pdfimage_print

Por: Dixon Álvarez (Seminarista Redentorista)

“Así pues, Dios, al resucitar a su siervo, se lo envió en primer lugar a ustedes, para que cada uno se aparte de sus malas obras y Él los colme de bendiciones” (Hch 3, 26)

La resurrección de Cristo y su pascua, también implican una preparación, incluso igual de exigente que la misma cuaresma. Es un tiempo hermoso que también lo podemos acompañar con propósitos. Después de un encuentro tan renovador con Dios, como lo es la vigilia pascual, muchos damos por culminada la tarea cristiana, cuando en realidad acaba de iniciar. Así fue la vida de los apóstoles, desde la resurrección inicia el trabajo misionero en sus vidas.

También hoy, muchos podemos estar como la multitud, que luego de oír a Pedro que los llamaba a la conversión, preguntan: “Hermanos, ¿qué tenemos que hacer?” (Hch 2, 37) y esto es muy común; nosotros también podemos preguntarnos ¿Cómo podemos vivir mejor este tiempo de la pascua? Aquí les presentaremos algunas recomendaciones para encontrarse verdaderamente con el Señor resucitado, que también nos pide hacer propósitos para acoger el Espíritu del Resucitado como lo hizo Pedro, de modo que podamos ayudar a levantar al que sufre y esta caído (Cfr. Hch 3, 7 – 8).

Primer paso: alegrarse.

La canción titulada “La Alegría es un don de Dios, y Él solo la puede dar” nos recuerda el gozo que viene del Espíritu Santo. Recordemos que en este tiempo tenemos que vivir un encuentro con el Señor Resucitado, que nos llene de alegría y esperanza, al estilo de los discípulos, pues a ellos “les mostró las manos y los pies y era tanta la alegría y el asombro, que no podían creerlo” (Lc, 24, 41). El papa Francisco en una homilía del 16 de abril del 2020 indica que esta cita es una de sus favoritas, ya que expresa el gozo que produce encontrarse con su Santo Espíritu “el gozo es fruto del Espíritu Santo” (Gal 5,22). No podemos caminar el calvario siempre, es cierto que tenemos que pasar por la muerte para llegar a la resurrección, pero no podemos quedarnos en ella. “Ha pasado el invierno, ha cesado la lluvia y se ha ido. Han aparecido las flores en la tierra; ha llegado el tiempo de la poda” (Cantares 2, 11 – 12). Llegó el tiempo de alegrarnos, de dejar la tristeza que produce el pecado, de arrepentirse y volver a Dios.

Segundo paso: invitar a Dios a nuestra vida.

Esto no implica un olvidar los problemas de nuestra vida para poder encontrar a Dios, por el contrario, es invitar a Dios a involucrarse en nuestras vidas. “Quédate con nosotros, que ya es tarde y va a anochecer” es decir, primero debemos pedirle a Jesús que se quede con nosotros, que nos acompañe en nuestros problemas, en nuestros trabajos, en el matrimonio, que se quede en nuestros hijos, en el hogar que se fracciona cada vez más, que se quede en este mundo herido. Él, como gran maestro de vida no se niega, “Él entró y se quedó con ellos” (Lc 24, 29)

Tercer paso: Ser testigos.

Dios Padre resucitó a nuestro Señor y Redentor, Jesucristo, gracias a la fuerza que le imprimió el Espíritu Santo prometido (Cf. Hch 2, 32 – 33) y que luego genera la gracia en los apóstoles para enfrentar al mundo y comunicar la esperanza que necesita la humanidad. Pero esta acción no sería posible si no hubieran sido testigos de que nuestro Señor verdaderamente resucitó. Es decir, ser testigos del Redentor radica principalmente en sentir su acción en cada momento de nuestra vida, en el primer respiro de la mañana, al poder desayunar, camino a la universidad, al trabajo, en el hogar, en la enfermedad, en la tristeza, en la ansiedad y el miedo. Ahora bien, ¿somos testigos de esta resurrección, o resucitó pero todavía no lo vemos? ¿Sentimos su acción en cada paso de nuestra vida, o todo lo que nos sucede es gracias a nosotros?

Cuarto paso: Anunciar.

La resurrección del Señor va más allá de ceremonias, tiene que ser un hecho trascendente en nuestra vida, y debe ser tan ardiente que motive un espíritu de anuncio, capaz de vencer miedos y penas: “¿Por qué asustarse tanto? ¿Por qué tantas dudas en su interior?” (Lc 24, 38). Anunciar es la misión de todos los que sentimos que el Señor resucitó en nuestras vidas, y esto nos convierte en misioneros, anunciadores de un Cristo vivo (Cf. Mc 16, 15). No es solo enviar mensajes o dar charlas catedráticas, es también mostrar el camino del Señor a quien sufre, al que vive en la tristeza, en los vicios o en la agonía de un problema que no puede superar. Todos conocemos hermanos que aún no encuentran la resurrección, seamos anunciadores entusiastas de la sanación que solo Dios puede dar.

Quinto paso: llevar la resurrección a la práctica.

¡Dios Padre que resucitó a Cristo por nosotros!, nos ama tanto que nos lo entregó para que nos acompañe en este caminar difícil, pero hermoso. Él le ha confiado la gran tarea de interceder por nosotros siempre (Cf. Romanos 8, 34). Acojamos a Cristo en nuestras vidas debido a que se entrega de forma privilegiada a cada uno de nosotros (Cf. Hch 3, 26).

Alegrarse no es sonreír a cada momento, es sentir gozo al vencer el pecado, al ayudar a otro en la superación de un problema, al acercar a alguien a su palabra, y poder sentir ese ardor que les trasmitía Jesús a sus discípulos tanto en la Eucaristía como en su palabra (Cf. Lc 24, 32 – 35). Hay cosas que el dinero y el poder no pueden lograr, pero la fe sí (Cf. Hch 3, 6) y entre esas cosas está el querer que Dios entre en nuestra vida, pero desde luego que no es tarea fácil. Rezar el Rosario en familia, dejar los comentarios hirientes, ser fiel, socorrer al migrante, frecuentar los sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía; llamar a nuestros amigos e invitarlos a vivir con el Señor y dejar el mar de la “tibieza” espiritual, tal como decía San Alfonso María de Liguori (Cf. Practica del amor a Jesucristo – cap. VIII). Estas son algunas de las muchas formas en las que estamos pidiéndole al Señor que se quede con nosotros.

Así pues, asumamos el compromiso de María Magdalena, Pedro, Juan y muchos más, el de ser verdaderos testigos de la resurrección de Cristo, no solo en nuestra vida sino también en la de los demás. Sin embargo no olvidemos que ser testigos es una misión de todos los días (Cf. Mt 28, 8- 9), hay necesidad de anunciar con alegría que Él Señor… ¡ha Resucitado!

¿Y tú, qué propósitos te inspira el Espíritu Santo en este tiempo hermoso de la pascua?