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V Domingo de Pascua

Comentario social

2 de mayo de 2021

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Ciclo B: Jn. 15, 1 -8

¿Para qué sirve esta santa? Era la pregunta de un vecino cuando en la comunidad parroquial de Santa Ana, en Cali, se celebraba la novena de la titular. La realidad en el pueblo cristiano es que se piensa que el fin de la religión es lograr la solución a los problemas que acosan a los seres humanos: de salud, de empleo, de relaciones familiares y vecinales, de dinero… Esta posición se ve reforzada por la ausencia y/o deficiencia de los servicios públicos y la corrupción. 

 De este modo, se hace costumbre que cada cristiano tenga su santo de devoción para arreglo de sus problemas siempre presentes. Siempre se encuentran vecinos que nos sugerirán enseguida, el santo que podemos escoger según la necesidad.  Así ser católico es casi igual a tener un santo a quien rezarle y pedirle favores.

Y lo que pasa con los santos también se acomoda a la Virgen María y al mismo Jesucristo.  En todas sus muchas advocaciones. Hasta la sangre del Señor Jesús es objeto de devoción para conseguir, por ejemplo, nos libre, nos limpie, de la pandemia. De este modo, tristemente convertimos a Jesucristo en un santo más de devoción. Y hacemos de la relación con Jesucristo, la Virgen María y los santos un medio de “negociar” el bienestar y la solución de las necesidades de la vida.

 Ojalá el evangelio de este domingo, el quinto del tiempo pascual, nos sorprenda, nos despierte y nos trate de ayudar a cambiar este modo de pensar en lo religioso.  La declaración de Jesucristo es bien clara: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece unido a mí dará fruto abundante… En esto se muestra la gloria de mi Padre, en que ustedes den mucho fruto y lleguen a ser verdaderos discípulos míos”.

Eso es lo que desea Jesucristo de nosotros: que estemos unidos a él, “para dar fruto abundante, para ser discípulos suyos”. O como dice san Pablo para que compartamos los mismos sentimientos y pensamientos de Jesús, de modo que demos frutos abundantes en el amor y servicio a nuestros prójimos con lo que honraremos su amistad:Ustedes serán mis amigos si tienen en cuenta mi propuesta de amarse y servirse unos a otros.

Pero, ¿Cómo lograr esto si no oímos su voz ni tocamos su cuerpo? San Agustín nos dice que tocamos a Jesucristo por la fe y el amor. Pero, aún así, estamos fuera de lugar, pues estas actitudes sólo las podemos tener con los que están a nuestro  alcance. Entonces otro dicho acude a nuestra ayuda: “Quien con lobos se junta a aullar aprende”.

Por esto la propuesta es que nos aficionemos a los evangelios, los libros en que los Apóstoles nos transmiten a Jesucristo “porque lo hemos visto y tocado con nuestras manos” (1 Jn 1,1). Si cada día leemos un párrafo de un evangelio, lo hacemos materia de reflexión para ver cómo lo que entendemos nos ayuda a ser mejores personas, poco a poco, nuestra mente y nuestro corazón se irán empapando de Cristo, de su manera de pensar, a compartir “los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Fil 2,5).

Y para dar los frutos que quiere Jesucristo de nosotros, bueno es que tengamos presentes sus preocupaciones, las que nos relatan los evangelios y que un experto en Biblia nos resume así: – las necesidades de la gente, sus dolores, sus carencias y miserias; – las relaciones positivas entre las personas, de perdón y reconciliación; y – saciar el hambre de los necesitados en comidas comunitarias… Como una alusión clara a la Eucaristía.

En realidad, en la parábola del juicio, (Mt 25, 31-46) la referencia de la sanción es una enumeración a modo de sugerencia de las obras buenas o sea de los frutos que Dios espera de nosotros una vez que “permanezcamos unidos a Jesucristo” como los sarmientos a la vida. Así la devoción a la Virgen María se legitima para los cristianos como un medio, imitación e intercesión, para que seamos mejores seguidores de Jesucristo.