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Por: P. Fabio Edilson Cárdenas Suárez, C.Ss.R.

Introducción

Eucaristía significa “acción de gracias” y dar gracias es reconocer que se ha recibido algo como don gratuito o desinteresado por parte de otra persona. La acción de gracias surge cuando desde la sencillez y la simplicidad y a partir de una conciencia de limitación se valora cualquier don como admiración y gozo.

Dar gracias a Dios es la mejor forma de orar; los cristianos deben vivir en continua acción de gracias sobre todo a través de la expresada en la asamblea eucarística.

Vivimos en un mundo que corre el riesgo de perder su capacidad de admiración y agradecimiento sincero. El agradecimiento es para el hombre un signo de aceptación, reconocimiento y dependencia.

Dar gracias a Dios es reconocer que él nos ha dado y comunicado algo inmerecido, es aceptar que él está cerca y próximo, reconocer su bondad, misericordia, amor y salvación.

Dimensión antropológica

La eucaristía es el sacramento de la obra salvífica de Dios y de la vivencia que de esta salvación tiene la comunidad. En ella se hace presente la comunión con Dios y la comunión fraterna.

El signo fundamental de la eucaristía es el banquete, recordemos que el cristianismo no es primordialmente religión de ayuno, sino religión de la comida compartida con los pobres.

Al comer la eucaristía hemos de estar dispuestos a emprender el camino de la liberación, porque la eucaristía es un signo que manifiesta nuestra decisión de pasar de la esclavitud a la libertad, de un mundo envejecido a la nueva creación.

Se trata de un banquete fraterno, no es una celebración de carácter individual; es una fiesta en comunión que congrega a la familia, los amigos y a la comunidad.

También recuerda el Catecismo de la Iglesia que la Eucaristía es el banquete pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio.

El hombre es un ser con los demás porque está esencialmente referido a los otros y porque los otros son parte constitutiva y posibilidad de realización de su propio ser. El ser humano aspira a la unión con todos los seres y a través de ellos con el Ser absoluto, Dios.

Ya que la celebración eucarística es un convite pascual, conviene que, según el encargo del Señor, su cuerpo y su sangre sean recibidos como alimento espiritual. A esto tiende la fracción y los otros ritos preparatorios con los que se va llevando a los fieles hasta el momento de la comunión.

Quien participa en la eucaristía debe estar dispuesto a crear y vivir la fraternidad, pero no hay verdadera fraternidad si no hay reconciliación; si no se rompen las barreras que nos dividen, los egoísmos que nos separan, las injusticias que nos oprimen. Crear fraternidad no es solamente orar por el perdón, ni tender la mano en signo de paz, es también y sobre todo estar dispuestos a recibir y dar efectivamente el perdón, comprometerse con todas las fuerzas a construir la paz.

La mejor manera de prepararse a la comunión es crear comunión, el mejor modo de recibir el perdón es dar perdón. La fraternidad humana es el requisito de la comunión y la comunión es la fuerza y el centro de la comunidad cristiana.

Quien participa en la eucaristía por la comunión expresa, actualiza y realiza la unidad del cuerpo místico por la participación en el único Cuerpo de Cristo. La comunión es el acto cristiano por el que debemos salir de nuestro egoísmo e individualismo. No se comulga para encerrarse en uno mismo, sino para salir de sí mismo, con una voluntad de edificar la unidad eclesial en el amor que procede de Cristo.

Dimensión bíblica – teológica

La eucaristía es esencialmente recuerdo de un acontecimiento antiguo, para que vuelva a sucedernos a nosotros. La eucaristía trae del pasado lo que fue salvífico, santo, singular.

Como cristianos no celebramos la eucaristía en recuerdo de la Última Cena de Jesús, sino como memorial de todo lo que el Señor hizo por Jesucristo: como habló a los hombres a partir de él, como curó los enfermos, consoló a los abatidos, llamó a la conversión a los pecadores y a todos anunció la Buena Nueva.

Conmemoramos ante todo la muerte y la resurrección de Jesús que concentran toda su actividad y pensamiento. En medio de nuestro tiempo sin memoria y sin historia es importante celebrar el recuerdo de la salvación que tuvo lugar en la historia de Jesús, para que siga sucediéndonos en el momento presente. En la eucaristía no sólo celebramos la historia liberadora y resplandeciente de Jesús, sino todo lo que Dios ha obrado en la historia de los hombres.

En el contexto bíblico además del testimonio de san Pablo sobre la institución de la eucaristía, tenemos el de los evangelistas que presentan leves diferencias entre sí pero que sustancialmente coinciden en el modo de contar el acontecimiento y de referir las palabras de Jesús.

El testimonio de la Primera Carta a los Corintios es la más antigua (en torno al año 56-57); además de esta antigüedad, san Pablo indica a Jesús como origen de la tradición referida a él, para poner a plena luz la indudable autenticidad de la verdad transmitida, porque yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes… (1 Co 11,23-25). La institución de la Eucaristía acontece en una perspectiva pascual, porque se realiza antes de la fiesta de la Pascua hebrea.

El testimonio evangélico no deja dudas sobre el carácter pascual de la Última Cena, así lo enuncia el evangelio de san Marcos el primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? (Mc 14,12).

San Mateo subraya que las directrices del Maestro se siguieron fielmente: los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua (Mt 26,19).

En el contexto de san Lucas, el hecho de comer la Pascua tiene una importancia manifiesta he deseado ardientemente comer esta comida pascual con ustedes antes de padecer (Lc 22,15-16). Además diciendo hasta que esto no se cumpla, Jesús da a entender que la comida pascual es su significado fundamental.

La eucaristía es don, alimento y exigencia de la fe, es expresión y culminación de la vida de fe. No se trata sólo de la presencia, comunión y fe de un momento sino de una realidad que debe continuarse en una “vida eucaristizada” (término acuñado por Dionisio Borobio), que se expresa tanto en la adoración como en la caridad, es decir, como contemplación y solidaridad.

Dimensión pastoral

La eucaristía es ante todo la comunidad reunida, el pan partido, el signo de la paz, el Padrenuestro para que al final de la celebración se nos invita a volver a casa para construir unidad y vivir la reconciliación.

“El podemos ir en paz” que escuchamos al final de la celebración eucarística, es una invitación a partir cargados de paz por comunicar y colaborar con el proyecto de Dios, anunciando el mensaje de Cristo como nuestra tarea y misión. De esta manera nuestra fe se alimenta compartiéndola con los demás, colaborar con el proyecto de Dios, anunciando el mensaje de Cristo es nuestra labor.

La eucaristía es acción de gracias e invita a alabar con el corazón y sonreír con los labios. El optimismo cristiano no se funda sobre el temperamento de las personas sino sobre Jesús resucitado.

La eucaristía es pan partido y sangre derramada por nosotros, es el deseo de Cristo de sacrificarse para otorgarnos la salvación; es unión profunda con Dios en Jesús.

En la eucaristía celebramos el núcleo de nuestra fe, en ella todos nuestros problemas y dificultades adquieren una dimensión especial; no se trata de maquillar las celebraciones para que la eucaristía resulte más atractiva, se trata de cómo podemos expresar nuestra fe de manera que en ella nos encontremos con nosotros mismos y con nuestras aspiraciones y podamos experimentar a Jesucristo como nuestro redentor y salvador, como nuestro liberador y como aquel que revela el sentido de nuestras vidas.

No podemos esperar que cada celebración nos afecte profundamente pero deberíamos poder sentir que en cada eucaristía se celebra el misterio de Dios y de los hombres; entonces la celebración de la eucaristía contribuirá a llevar la salvación de Jesucristo a este mundo complejo con dificultades y heridas.

Conclusión

Una de las acusaciones más frecuentes respecto a la eucaristía de los cristianos, es que esta aparece separada de la vida. Celebramos la eucaristía, pero la vida sigue igual: ni somos mejores los que participamos en la eucaristía ni hacemos mejor la vida. Por ir a la eucaristía no somos peores que los demás, pero es impreciso decir que seamos mejores.

La eucaristía no transforma automáticamente nuestras vidas, ni da garantía a la autenticidad de nuestras obras. Nos falta el coraje de tomar absolutamente en serio aquello mismo que hacemos y celebramos.

Convendría preguntarnos:

¿Cuál es la causa principal por la que tendemos a separar la eucaristía de la vida?

¿Cómo debería expresarse el compromiso de los cristianos en la eucaristía?

¿Cuál es el sentido que tiene la celebración de la eucaristía en la vida, como acto de comer y beber juntos?

Bibliografía

BAIGORRI, Luis. Eucaristía. Navarra: Verbo Divino. 1985

BOROBIO, Dionisio. Celebrar para vivir. Liturgia y Sacramentos de la Iglesia. Salamanca: Sígueme. 2003

Catecismo de la Iglesia Católica

FLORISTÁN, Casiano. Celebraciones de la comunidad. Santander: Sal Terrae. 1996