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Por: P. Jesús María Ortiz Orozco, C.Ss.R.

En este espacio dedicado a la formación cristiana, se comparte una reflexión acerca del Sacramento de la Confirmación. Es conveniente recordar que los siete sacramentos están divididos en tres grupos:

a) Iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía;

b) Sanación: Confesión y Unción de los enfermos;

c) Servicio a la comunidad: Orden sacerdotal y Matrimonio.

Según esta clasificación, el Sacramento de la Confirmación forma parte de la Iniciación cristiana. Por eso existe una relación intrínseca con el Bautismo.

A continuación, se exponen tres aspectos importantes de la Confirmación, con el fin de profundizar en su conocimiento, y que ayuden a su formación, recepción y vivencia según el proyecto de Dios.

  1. Dimensión antropológica de la Confirmación

Cuando se habla de la antropología, se hace alusión al ser humano. Lo mismo sucede al hablar de la dimensión antropológica de la Confirmación. Este Sacramento tiene en cuenta la realidad humana del confirmando ofreciéndole la posibilidad de consolidar sus valores humanos en las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Con esta finalidad, la Iglesia por medio del Obispo, en el momento de la imposición de manos, pide para él la efusión del Espíritu Santo con sus respectivos dones:

Dios todopoderoso,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que has hecho nacer de nuevo a estos hijos tuyos

por medio del agua y del Espíritu Santo,

librándolos del pecado,

escucha nuestra oración

y envía sobre ellos al Espíritu Santo Consolador:

espíritu de sabiduría y de inteligencia,

espíritu de consejo y de fortaleza,

espíritu de ciencia, de piedad

y de tu santo temor.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

En tiempos pasados, el niño era confirmado en torno a los siete años. Después, se han tenido en cuenta las dimensiones antropológica y psicológica del confirmando. Por eso, en la mayoría de las Conferencias episcopales se decidió que el candidato a este Sacramento tenga una edad en la que sea más consciente del significado y el compromiso de la Confirmación. En este sentido, es necesario que la formación catequética tenga en cuenta las diversas realidades que vive el catequizando para que a la hora de la recepción de la Confirmación alcance la madurez adecuada para asumir la responsabilidad en la misión de la Iglesia. Sin embargo, la discusión sobre la edad para recibir la Confirmación aún sigue abierta.  El Derecho Canónico y el Catecismo de la Iglesia afirman lo siguiente:

“Los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno” (CIC, can. 890); La costumbre latina, desde hace siglos, indica “la edad del uso de razón”, como punto de referencia para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón (CIC can. 891; 893,3) (n. 1307).

Con lo anterior, se recomienda tener presente que el don del Espíritu Santo lo recibe una persona con sus cualidades y fragilidades humanas. Es ella quien debe asumir el compromiso de vivir y transmitir con coraje apostólico la Buena Noticia de la salvación.

2. Dimensión teológica

Para exponer esta dimensión se ha visto conveniente tener en cuenta lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica con respeto a este tema:

En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado (cf. Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc 4,16-22; Is 61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33-34). Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da “sin medida” (Jn 3,34) (n. 1286).
Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar “las maravillas de Dios” (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf Hch 2,17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (cf Hch 2,38) (n. 1287).
“Desde [...] aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (cf Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés” (Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae) (n. 1288).

Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de “cristiano” que significa “ungido” y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que “Dios ungió con el Espíritu Santo” (Hch 10,38). Y este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso, en Oriente se llama a este sacramento crismación, unción con el crisma, o myron, que significa “crisma”. En Occidente el nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia bautismal (n. 1289).

Con lo anterior se afirma que el Sacramento de la Confirmación en su dimensión teológica se fundamenta en un primer momento en la promesa que hicieron los profetas sobre la presencia del Espíritu del Señor sobre el Mesías esperado; luego se evidencia que esa promesa se cumplió no sólo en el Mesías, sino que también los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo. Con base a esta efusión se instituye la Confirmación con sus respectivos signos y rito.

3. Dimensión pastoral

Consientes de la importancia que tiene la pastoral presacramental, se resaltan en este tema dos aspectos fundamentales basados en el antes y el después de la recepción de la Confirmación:

– La preparación y el desarrollo de la catequesis de la Confirmación

La Parroquia tiene el compromiso de organizar un proyecto de catequesis que responda a las necesidades de sus catequizandos.  El Papa Francisco (2019) en Christus vivit recomienda: 

No crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión (n. 30).

El contenido de la catequesis debe ser pneumatológico en relación con el Padre y el Hijo, de modo que no suceda como en Éfeso: Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo, después de haber recorrido las regiones superiores, llegó a Éfeso y encontró a algunos discípulos, y les preguntó: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron?”. Ellos le respondieron: “No, ni siquiera hemos oído si hay un Espíritu Santo” (Hch 19,1-2).

Se recomienda que los catequistas hayan asimilado la formación adecuada en cuanto al contenido y a la metodología del proyecto de este Sacramento; de lo contrario los encuentros con los catequizandos se convertirán en momentos tediosos.

– Participación en la pastoral de la Parroquia

La parroquia debe ofrecer la posibilidad para que el confirmado ponga en práctica la experiencia vivida en la formación. A su vez, el confirmado se debe comprometer con la pastoral parroquial. Al llenarse del Espíritu Santo, está llamado para que lo manifieste, lo comparta y lo viva en familia, en comunidad y en la sociedad.

Hugo Estrada (1998) en su libro: El Espíritu Santo en la Biblia y en nuestra vida, dice:

En la Biblia, cuando las personas están “llenas del Espíritu Santo”, todos lo saben. Cuando se trató de buscar a “siete” diáconos que cumplieran con las obras de servicio en la comunidad, se puso como condición indispensable para esa elección que fueran “personas llenas del Espíritu Santo” (Hch 6,3).

En la Biblia, cuando se habla de “vida en el Espíritu” se asocia con “ríos de agua viva”, con “vida abundante”, con los “frutos del Espíritu (Cfr. Gál 5, 22-23). Es decir, algo que se puede apreciar y evaluar (p. 103).

El Papa Francisco (6 de junio de 2018), en una de sus catequesis sobre la Confirmación decía:

El don del Espíritu Santo debemos darlo a la comunidad. Exhorto a los que se van a confirmar a que no «enjaulen» al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. Que el Espíritu Santo nos conceda a todos nosotros el coraje apostólico de comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras a cuantos encontramos en nuestro camino.

Con lo expuesto, se concluye que la Confirmación ayuda al bautizado a avanzar en su iniciación cristiana. Por eso, a través de este Sacramento se reafirma la gracia y el compromiso bautismal.

Para reflexionar

Leer Gál 5,19-26 y responder:

¿Cuál es la diferencia cuando se actúa bajo la guía del Espíritu Santo?

¿Qué predomina más en tu vida: el pecado o la gracia del Espíritu Santo?

¿Cuál es tu mayor dificultad para vivir según el Espíritu Santo?

¿Cómo experimentas el Espíritu Santo en tu vida?

¿Qué relación tiene el texto bíblico con el Sacramento de la Confirmación?