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Por: P. Mauricio Monroy Cáceres, C.Ss.R.

Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere” que significa: tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos de penitencia, usamos este término para referirnos a un sacramento que fue instituido por Cristo y que nos lleva a la conversión. Este sacramento lleva consigo el perdón de los pecados, signo de reconciliación con Dios y con el prójimo.

A este sacramento se le llama “penitencia” por el proceso de conversión personal y de arrepentimiento por el mal cometido; también se le conoce como sacramento de la “confesión”, porque la persona confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados.

El nombre de “Reconciliación” se debe a que reconcilia al pecador con el amor del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de la reconciliación: “Ve a reconciliarte con tu hermano” (Mt. 5, 24). Vivir el sacramento es tener ese sincero dolor de corazón.

Este sacramento es uno de los dos sacramentos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el alma está enferma debido al pecado, se necesita el sacramento para que le devuelva la salud espiritual, para que cure. Esto lo podemos ver reflejado cuando Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo. (Cfr. Mc. 2, 1-12).

Cristo instituyó los sacramentos y se los confió a la Iglesia, por lo tanto, la Iglesia es la depositaria de ese poder, ningún hombre por sí mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos, la gracia de Dios se recibe mediante el ministro ordenado que hace de intermediario.

I. DIMENSIÓN ANTROPOLÓGICA

La experiencia de culpa en el ser humano no es exclusiva del mundo cristiano, sino que de hecho, es una experiencia que se encarna en el mismo ser del hombre. Es interesante observar cómo muchas personas buscan por todos los medios posibles recobrar la paz y la tranquilidad que una mala acción les ha quitado.

Sin embargo, partiendo de esta realidad nos podemos preguntar. ¿La culpa consiste sólo en un sentimiento? ¿El pecado afecta a toda la realidad del ser humano? ¿Cualquier medio al que la persona acuda realmente es eficaz para recobrar el estado que se tenía antes de cometer una mala acción?

La Iglesia, fiel al mandato que el Señor le ha dado, mantiene su compromiso de anunciar la misericordia y el amor de Dios a la humanidad, pues ha sido Cristo quien mediante su muerte en cruz nos ha reconciliado con el Padre. Por tanto, la culpa no sólo es un sentimiento sino que efectivamente es un estado del alma que afecta no sólo el estado emocional o afectivo, sino toda la existencia humana.

  1. La experiencia de la reconciliación en el ser humano

El sacramento de la penitencia no ha sido valorado, de tal modo que se ve a este sacramento  como algo accesorio, no necesario para la vida cristiana; el problema de la penitencia en pocas palabras no es “cómo” ni “cuándo” celebrar el sacramento, sino si realmente es necesario celebrarlo. Sin embargo, a pesar de esta actitud tan generalizada, el hombre no deja de sentir esa experiencia de pecado o de culpa, la cual lo lleva a anhelar la vivencia del desahogo y la reconciliación.

  • Experiencia humana y sacramento de la reconciliación

El hombre desde su creación había sido destinado por Dios a permanecer en su gloria, pero a causa de la pretensión de ser como Dios, cometió pecado, y fue privado de la gloria a la cual estaba destinado.  Por causa de este pecado, llamado pecado original, todos los hombres somos constituidos pecadores.

A pesar de que el hombre por sí mismo no puede reconciliarse con Dios, sin embargo, Dios en su amor y misericordia, realizó la reconciliación perfecta por medio de la muerte y resurrección de Cristo, su Hijo unigénito. Por tanto, si el hombre tiene la posibilidad de llegar a la reconciliación con Dios, no es por méritos propios, sino que nuestra redención y reconciliación han sido realizadas en la persona de Cristo, el unigénito de Dios, al precio de su sangre derramada en la cruz.

  • Situación vital en el sacramento de la penitencia

La situación vital propia del sacramento de la penitencia se puede definir con la siguiente frase de Dionisio Borobio: “Una situación de pecado, con el deseo de conversión, con la esperanza del perdón”.

La situación de pecado, hace referencia a aquello que genera una ruptura de comunión con Dios y con la Iglesia; esto es lo que constituye la situación propia del sacramento. Cabe recordar, que el pecado no es el centro del sacramento, es más bien su punto de partida, porque sólo desde la conciencia de pecado se desencadena el proceso de la reconciliación.

Con el deseo de conversión, es preciso reconocer el pecado con voluntad sincera de conversión; la situación vital del sacramento no viene dada sólo por el pecado, sino también por el deseo y voluntad de salir de tal situación convirtiéndose. Un acto penitencial que no incluya al menos este deseo no es sacramental. La conversión es la llave y el centro de la penitencia.

En la esperanza del perdón, el perdón es la verdadera meta del sacramento. Todo el dinamismo sacramental está marcado por la esperanza del perdón, por la confianza en que Dios misericordioso nos acoge en su amor, por la mediación de la acogida eclesial. Creer que Dios no puede perdonarnos y no confiar en la reconciliación es el mayor obstáculo para alcanzarlo y celebrarlo.

II. DIMENSIÓN BIBLICO – TEOLÓGICA

Es sabido que los encuentros de Jesús con los pecadores muestran una misericordia inigualable. Los textos evangélicos de la samaritana, del paralítico y la parábola del hijo pródigo de manera especial, son un esquema singular de perdón y reconciliación. Jesús no se cansa de repetir a lo largo de todo el evangelio, que ha venido a curar y a salvar lo que estaba perdido, a dar su vida en rescate por nosotros, por el perdón de nuestros pecados. Este es el mensaje que recorre el evangelio de principio a fin.

Resulta interesante el conocimiento que Jesús tiene del corazón humano y sabe de nuestra fragilidad, de ahí su particular actitud de amor, perdón y reconciliación para con el pecador. Pienso que este encuentro afectuoso de Jesús con los pecadores, deberá ser la pauta para lograr a través del ministerio sacerdotal, que el sacramento sea un auténtico medio de acogida amorosa para todas aquellas almas agobiadas por sus pecados.

  1. La penitencia nace de una actitud interior: la conversión del corazón.

Los elementos que estructuran el sacramento de la penitencia se explican desde su carácter profundamente humano y, por lo tanto, personal y comunitario a la vez. La conversión del corazón es la actitud interior de la que nace el sacramento y ésta resulta imprescindible para la estructuración del sacramento y para su efecto perdonador y reconciliador. El don de Dios reclama una respuesta libre, es decir, una verdadera conversión ante la fragilidad pecadora del hombre.

Esta conversión es siempre personal, supone un cambio real en la orientación de la vida, mentalidad, y también en la consiguiente forma de vivir, semejante al que se encuentra reflejado en el retorno del hijo pródigo (Lc 15, 11-31), en Zaqueo (Lc 19, 1-10) o en cualquiera de los pecadores con los que se encontró Jesús. Se trata de la vuelta al amor de Dios como el verdadero principio y fin de la existencia humana.

  • El sacerdote, persona que acoge y perdona

El pecador necesita de alguien que le visibilice el perdón de Dios, que le haga sentir la misma experiencia que tuvieron quienes se acercaron a Jesús en busca de perdón. Su presencia es ahora sacramental, pero el pecador ha de encontrar siempre en él a quien busca: al Dios que se ha hecho hermano del hombre y ha dado la vida por él.

Las imágenes evangélicas del Buen Pastor que busca la oveja perdida y la del Buen Samaritano que cura nuestras heridas, nos recuerdan que el sacerdote ha de ser, pastor que cuida las ovejas y médico que cura las heridas causadas por el pecado, pues actúa como instrumento del amor misericordioso de Dios para con el pecador.  Por tanto, es importante que el penitente perciba que es Dios quien lo acoge y le ofrece el perdón, para que pueda confesar sus faltas en espíritu y verdad.

  • La mediación eclesial

El Catecismo de la Iglesia Católica indica que el perdón ofrecido por Jesús a los pecadores durante su vida conlleva como efecto su reintegración en la comunidad. Así pues, la mediación eclesial manifiesta al pecador que, sea cual fuere la gravedad del pecado cometido, siempre puede seguir creyendo que el perdón de Dios es mayor que su pecado, al ser reincorporado, gracias a la acción propia de la Iglesia, a su lugar como miembro de la comunidad cristiana.

La misión de la Iglesia constituye entonces, la actualización permanente de la salvación acontecida en Jesús. Por eso, Jesús resucitado les otorga a los apóstoles su mismo Espíritu: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). El encuentro sacramental de la reconciliación es un momento privilegiado de la comunión del hombre con Dios y nos da la certeza de ser amados por Dios.

III. DIMENSIÓN PASTORAL

Durante su pontificado el Papa Francisco nos describe la dinámica de este sacramento, recordando ante todo, que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos; yo no puedo decir, que me perdono los pecados, porque el perdón se pide y mediante el sacramento pedimos el perdón de Dios.

El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de misericordia. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y esto lo hemos sentido todos cuando vamos a confesarnos, puesto que llevamos el corazón cargado de tristeza y dolor por los pecados cometidos; y cuando recibimos el perdón mediante la absolución sacramental sentimos paz, esa paz que sólo Jesús nos puede dar. Celebrar el sacramento de la reconciliación significa ser envueltos en el abrazo misericordioso de Dios.

A continuación les comparto unas preguntas del Papa Francisco como preparación al sacramento de la reconciliación:

En relación a Dios

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? ¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? ¿Me revelo contra los designios de Dios? ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

En relación al prójimo

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? ¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? ¿Soy envidioso, colérico, o parcial? ¿Me preocupo de los pobres y de los enfermos? ¿Soy honesto y justo con todos? ¿Incito a otros a hacer el mal? ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? ¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? ¿Honro a mis padres? ¿He rechazado la vida recién concebida? ¿He colaborado a hacerlo? ¿Respeto el medio ambiente?

En relación a mí mismo ¿Soy un poco mundano y un poco creyente? ¿Como, bebo, fumo o me divierto en exceso? ¿Soy vanidoso, egoísta, envidioso? ¿Cómo utilizo mi tiempo? ¿Soy perezoso? ¿Me gusta ser servido? ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? ¿Nutro venganzas, alimento rencores? ¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz