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VIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

27 de febrero de 2022

Ciclo CLc. 6, 39 – 45

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

He aquí una historia bastante conocida en la India atribuida a Mahatma Gandhi…

Una mujer caminó con su hijo muchas millas para llegar a Gandhi. Estaba muy preocupada por la salud de su hijo porque estaba comiendo demasiada azúcar. Se acercó a Gandhi y le dijo: “Por favor, señor, ¿puede decirle a mi hijo que deje de comer azúcar?”.

Gandhi la miró y pensó por un momento y finalmente dijo: “Está bien, pero hoy no. Tráelo de vuelta dentro de dos semanas”. Ella estaba decepcionada y llevó a su hijo a casa. Dos semanas más tarde volvió a hacer ese largo viaje y fue a Gandhi con su hijo. Entonces, simplemente le dijo al niño: “Debes dejar de comer azúcar. ¡No es bueno para tu salud, muchacho!

La mujer estaba confundida y le preguntó: “Gandhi, por favor dime: ¿por qué querías que esperara dos semanas para traer de vuelta a mi hijo, solo para decir esta frase?”. Luego dijo: “Porque antes de que pudiera decirle a su hijo que dejara de comer azúcar, primero tuve que dejar de comer azúcar”. Se dice que el niño tenía tanto respeto por Gandhi que dejó de comer azúcar y llevó una vida saludable.

Recuerdo que un compañero de seminario afirmaba que a veces nuestros defectos nos exceden, que siempre lo vemos en los demás. Frente a la hipocresía, practiquemos la autocrítica. El cristiano que asiduamente se mira en el espejo del Evangelio, se vuelve sanamente crítico consigo mismo; verá claro si su comportamiento se ajusta al plan de Jesús y aprenderá a acoger los fallos y defectos del prójimo con grandes dosis de comprensión y compasión.

La primera lectura es una invitación al discernimiento, analizar las metas y el alcance de los compromisos; es capaz de investigar y discernir la verdad y la bondad, a veces por comparación con lo falso o defectuoso. Sin duda el valor de la “palabra”, que en ocasiones ha sido estropeada por la sociedad actual nos permitirá identificar la verdad en las personas con que nos relacionamos. Además, debemos preguntarnos: ¿Mis palabras edifican o hacen alguna diferencia positiva en los demás? ¿Construye o destruye la comunidad?

En el Evangelio de este octavo domingo del tiempo ordinario, Jesús nos enseña que la calidad de nuestro corazón determina la calidad de nuestras palabras y acciones. Como cristianos, si vivimos de acuerdo a la buena noticia, definitivamente, nuestras obras y palabras serán guiadas por ella. Por el contrario, si llenamos nuestro corazón de sentimientos contrarios, también nuestras acciones y palabras se llenarían de nada.

Algunas personas tienen una vista perfecta y aguda, pero eso es solo cuando buscan los errores de otras personas. Pero cuando se trata de sus propios pecados y errores, están ciegos. Es como si una gran viga de madera les bloqueara los ojos. Esa ‘viga de madera’ no es otra que el orgullo. Admitir que estamos equivocados no es un valor en nuestra cultura. Es difícil ¿verdad? Sin embargo, la humildad honesta, en oposición a la humildad neurótica, es fruto de un arrepentimiento saludable y de una contrición sincera, y es el comienzo de la renovación espiritual.

El cristianismo es una religión del corazón. Tenemos que trabajar al nivel de nuestro corazón. Esto implica un conjunto de movimientos en nuestra vida cristiana: conversión y perseverancia. A partir de aquí debemos ejercer la corrección fraterna en el seno de la comunidad, para ayudar a otros hermanos a seguir el camino del Evangelio. Esta crítica ha de realizarse desde el amor, el conocimiento de uno mismo, la humildad y la comprensión del otro. Cualquier otra crítica que no esté basada en una relación de fraternidad agrandará las diferencias entre hermanos y romperá los lazos con el prójimo.

Finalmente, el Sínodo de la Juventud del 2018 nos enseñó que los jóvenes están buscando una Iglesia del corazón. Están luchando contra la rigidez de sus propios padres y pastores; buscan ser auténticos mientras obedecen los requisitos de la institucionalidad eclesial. Ellos más que reflexiones profundas necesitan ejemplos de coherencia como Jesús en el evangelio o Gandhi en la historia inicial.