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Solemnidad de Pentecostés

Comentario social

23 de mayo de 2021

Ciclo B: Jn. 20, 19 – 23

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

San Oscar Romero, obispo y mártir salvadoreño afirmaba en una homilía de la solemnidad de Pentecostés lo siguiente: “Siempre será Pentecostés en la Iglesia, pero mientras la Iglesia haga su rostro transparente a la belleza del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja de apoyar su fuerza en esa virtud de lo alto que Cristo le prometió y que le dio en este día, y la Iglesia quisiera apoyarse más bien en las fuerzas frágiles del poder o de la riqueza de esta tierra, entonces la Iglesia deja de ser noticia”. La declaración del arzobispo Romero nos recuerda -al igual que el Evangelio de hoy- que Pentecostés no es sólo un día, sino todos los días.

En los escritos del Nuevo Testamento se nos presenta quién es y qué hace el Espíritu en nuestras vidas y en el discernimiento de la comunidad cristiana. Él es quien nos transforma en hijos de Dios; quien nos da la posibilidad de llamar a Dios Padre. Es quien obra en nosotros, es la nueva ley escrita en nuestro corazón. El Espíritu nos da valentía y audacia para vivir y testimoniar el Evangelio en los diferentes escenarios de la vida.

Entonces, los buenos pensamientos, el bien que hacemos, el esfuerzo por seguir a Jesús se debe a que el Espíritu Santo anima nuestra vida. Sin él seríamos incapaces de hacer algo bueno. Durante mucho tiempo el Espíritu Santo fue el gran desconocido en la vida y la reflexión cristiana. Por eso, predominó en la Iglesia el legalismo y olvidamos lo esencial que es el amor a Dios y al prójimo. La fiesta de Pentecostés nos recuerda la importancia de vivir en forma consciente esa presencia y acción del Espíritu en nuestras vidas.

Por otra parte, algunos teólogos desde un horizonte lingüístico hacen la comparación de este pasaje con la torre de Babel. Hoy frente a la realidad colombiana podemos hacer una lectura hermenéutica de la “Babel ideológica” que estamos viviendo: la deuda histórica del Estado y los resentimientos acumulados en la población marginada del país. En línea a lo anterior, el Padre Francisco de Roux en una columna editorial del periódico El Tiempo escribía: “La realidad es que todos ponemos obstáculos en nosotros mismos y en nuestras comunidades y naciones a la acción del Espíritu, que nos hace seres humanos en la maravilla de la Tierra y nos invita a restaurarnos, reconciliarnos, creer los unos en los otros, construir juntos desde nuestras diferencias para que prevalezca la paz”.

Tenemos que hacer que las virtudes de la misericordia y la justicia cobren vida en nuestras vidas personales. Y necesitamos insertarlas, por nuestro testimonio, en las políticas públicas y en las estructuras de nuestro país. Así se construyen las bases de una comunidad que es capaz de vivir el perdón. Siempre es Pentecostés en una comunidad constructora de humanidad, pues recupera la dignidad fundamental de todos aquellos que la han visto amenazada por su propia fragilidad o por estructuras sociales opresoras. Construye humanidad porque vuelve a la comunión a los que están fuera, a los excluidos y autoexcluidos de la vida de hermanos. El perdón, vivido a la manera de Jesús, es una prueba del amor, de que otra Colombia es posible.

Finalmente, tomemos conciencia de la presencia y de la acción del Espíritu en la vida personal y en el panorama histórico de nuestra nación como un nuevo Pentecostés. Por eso, San Pablo, habló de la Iglesia como un cuerpo con muchos miembros, cada uno con diversa función para común utilidad. Reflejemos esa intuición en nuestra cultura ciudadana, pensemos en el bien común por encima de intereses mezquinos o egoístas. Pidamos al Espíritu Santo que avancemos en el difícil camino de la comunicación, que superemos dogmatismos de todo tipo (políticos, religiosos, culturales) para que podamos construir una agenda común en nuestros hogares, en la sociedad civil y en la Iglesia. Que dejemos atrás la Babel de los egoísmos particulares y hablemos un mismo lenguaje: el perdón.