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IV Domingo de Adviento

Comentario dominical

19 de diciembre de 2021

Ciclo C: Lc. 1, 39 – 45

Por: P. Víctor Chacón Huertas, C.Ss.R. (Redentoristas de España)

Estamos ya muy cerca de la Navidad, esta semana IV de Adviento la espera será mínima, un día, aunque no por ello menos intensa. Habremos de estar más atentos y concentrarnos más en aquello que Dios nos pide a través de su Palabra en este domingo. Quitando a aquellos que realmente lo están pasando mal en estas fechas, que se ven en apuros y dificultades sin cuento, hay muchos otros que se suman alegremente a la queja y que quieren convencernos de que si podemos comprar menos o más barato será menos Navidad. Sabemos que no es verdad, que ni el menú de nuestra mesa ni el tamaño de nuestros regalos va a hacer menos verdadera esta Navidad. Será la solidaridad y la grandeza de corazón la que realmente la determinen. La fe en que el niño que nació hace algo más de dos milenios era el propio Dios tomando parte de nuestro mundo, de nuestra vida, de nuestros problemas y alegrías.

Escuchemos cómo nos lo dice Dios este domingo desde la llamada a una triple acogida:

1. Acoge lo pequeño. Hoy toda el protagonismo y la fortaleza lo tienen pequeños protagonistas: un niño (Juan), una mujer anciana (Isabel) y una joven virgen (María). Además toda la escena se desarrolla en lugares insignificantes: Miqueas habla de Belén de Efrata, “la más pequeña de las aldeas de Judá” y el encuentro de la visita de María a su prima se da en Ain Karem, una montaña más de Judá sin pena ni gloria, ni la más alta ni la más bonita. Una vez más se cumple: Dios elige lo pequeño e insignificante, para confundir a los sabios. O como dice Pablo “su fuerza se manifiesta en mi debilidad”. Los demasiado fuertes a veces no nos damos cuenta de la obra de Dios, a veces andamos demasiado a lo nuestro, y poco preocupados de “lo de Dios”, de dejar que él tenga espacio para nacer en nuestra vida.

2. Acoge la luz que viene: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. Esa es la invocación que hoy hacemos en el salmo. Pedirle a Dios que brille sobre nosotros. Y para que se note su luz, hay que dejarse iluminar realmente por él. Apagar o atenuar otros focos que haya en nuestra vida y que quizás alumbren en exceso lo que no sana ni fortalece. La luz de Dios puede ser fácilmente despreciada, como así ocurre en nuestro tiempo, para muchos vale poco o nada. Y es que no es una luz deslumbrante ni cegadora, es más bien tenue, tímida, discreta… es la luz del Mesías: “el pábilo vacilante que no apagará”. Pero es una luz duradera y continua que no nos abandonará jamás, que nos llevará hasta Dios. Ahora sí se lo pedimos conscientes: Restáuranos Señor, devuélvenos nuestro antiguo esplendor, que brille tu luz sobre nosotros.

3. Acoge el Espíritu. Haz como Isabel, que, de repente se ve desbordada por tanta gracia y tanta bondad. Recibe la visita de María y eso le abre los ojos y el corazón. Se llena de Dios, de su Espíritu, y no puede sino bendecir (lit. hablar bien) de María y de su hijo. Y reconocer su pequeñez: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” Quien es de Dios es humilde, conoce la verdad y se sabe pequeño ante ella. Pero el conocimiento de su pequeñez no le entristece, al contrario, es el gozo de ver la Obra de Dios en María y en su Hijo. Esa humildad, ese saberse situar en su sitio, ayuda a Isabel a creer y a reconocer la fe, en María: “Dichosa tú que has creído”. Ojalá sepamos crecer en este sentido, reconocer la fe como un auténtico regalo, vivir humildemente desde nuestra verdad, saber alabar y bendecir la obra de Dios en los demás sin envidias ni recelos. Como auténticos creyentes, vivir, actuar y hablar desde el Espíritu con el que fuimos sellados en el Bautismo.