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Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

Segundo Domingo de Cuaresma
Ciclo B: Mc 9,2-9

28 de febrero de 2021

 La semana pasada, el primer domingo de Cuaresma o de las “tentaciones”, la lectura del evangelio nos introdujo en la “experiencia en el desierto”, en el discernimiento espiritual por medio de la oración, el ayuno y las obras de piedad la humanidad de Cristo. Hoy San Marcos, nos transporta a la “cima de una montaña”, interpretada por muchas culturas y religiones del mundo como un lugar de encuentro con la divinidad.

Además, las lecturas del evangelio de los dos primeros domingos de Cuaresma siguen un patrón común en todos los ciclos litúrgicos. El primer domingo reflexiona sobre las tentaciones de Jesús, y el segundo domingo, como hoy, sobre la transfiguración del Señor. 

Hemos sido creados para la felicidad, pero nunca conseguimos experimentarla plenamente. Nuestra vida en la tierra está hecha de alegrías y tristezas; de momentos de paz y de períodos de tensiones; de preocupaciones y de situaciones serenas. Cristo habló siempre con claridad de nuestra condición en este mundo y de la necesidad, si queremos ser sus discípulos, de llevar la cruz del cumplimiento de nuestra misión. Pero siempre que habló del dolor y del sufrimiento nos enseñó que ellos no tienen la última palabra. La última palabra la tienen la vida, la resurrección, la felicidad sin fin. Con frecuencia nos olvidamos de estas enseñanzas de Jesús y, o bien nos desalentamos y perdemos la esperanza cuando nos encontramos sumergidos en la prueba; o nos resignamos con fatalismo a soportarla. 

Dios conoce nuestra condición humana y, por eso, en el camino de la vida nos hace pregustar en algunos períodos esa felicidad definitiva para la que nos ha creado. Este es el sentido de la transfiguración. A través de ella, Jesús quiso que los discípulos experimentaran lo que será el final del camino del dolor y del sufrimiento. Al mismo tiempo les hizo comprender que nosotros para que podamos tener esa experiencia necesitamos vivir en comunión con Él, escuchar y poner en práctica sus palabras. Y eso lo realizamos en la oración. Jesús se transfigura mientras ora. En el diálogo con Él en la oración aprendemos que por la cruz se va a la luz. Incluso es allí donde podemos tener momentos de transfiguración que renuevan nuestra confianza y nuestra esperanza y hacen desaparecer el miedo. 

Terminado el momento de la transfiguración Jesús vuelve a la realidad de su camino que lo llevará al calvario. También los discípulos son invitados a levantarse y a no temer y a conservar en su memoria esa experiencia alentadora. Sobre todo, son invitados a poner la mirada en Jesús. En nuestra vida todos tenemos momentos de transfiguración: experiencias de la cercanía y de la presencia de Dios; experiencias de fraternidad y solidaridad. En ellas debemos pregustar esa felicidad plena y definitiva a la que estamos llamados. De ellas debemos sacar fuerza, ánimo y esperanza para enfrentar las situaciones difíciles de un mundo en el que la angustia, la desesperación, la desesperanza parecen cerrar el horizonte a la posibilidad de un futuro mejor. Es, sobre todo en la oración, donde el Señor nos concede momentos de transfiguración que iluminan nuestro camino y nos alientan para seguir cumpliendo nuestra misión. 

Igualmente, el silencio y la contemplación no implican un aislamiento permanente del mundo. Son algo que se lleva a nuestra vida diaria, a nuestros hogares, al lugar del trabajo y del estudio. Con seguridad Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas como las que se describen aquí, simbólicamente, pero siempre muy cercanas de las realidades cotidianas. Por último, el tiempo litúrgico de la Cuaresma nos brinda la posibilidad de experimentar a Dios más profundamente y llevar esa experiencia a nuestro encuentro con las personas. Oremos para que podamos estar disponibles a esta posibilidad en los próximos días.